El polémico Alexis Carrel,Premio Nobel de Medicina en 1912


El polémico Alexis Carrel, de Premio Nobel a compromiso con el hombre

Si en los comienzos del siglo XX hubo un personaje médico polémico, ese fue Alexis Carrel. “La calidad de la vida importa más que la vida misma”. Es una cita suya que introduce de lleno en el análisis de su conducta personal y científica, cuyo objetivo fue el estudio de la verdad del ser humano. En 1912 recibe el Premio Nobel de Medicina “en reconocimiento a sus trabajos sobre sutura vascular y trasplantes de vasos sanguíneos y órganos”.

Alexis Carrel                                                                                                                           

Dr. Ángel Rodríguez Cabezas De la Asociación Española de Médicos Escritores y Artistas y de la Sociedad Española de Historia de la Medicina. Dra. Maribel Rodríguez Idígoras Especialista en Medicina Preventiva y Salud Mental.

Personaje enormemente controvertido, acusado de colaboracionista, buscador de explicación científica a fenómenos sobrenaturales a raíz de un posible milagro, está sin embargo en la historia de la Medicina por haber obtenido el Premio Nobel en 1912 por sus trabajos sobre sutura vascular.

A pesar de que su devenir fue una constante búsqueda de la verdad, su memoria no ha sido bien tratada por algunos historiadores debido a algunos hechos que tangencialmente inciden y perturban su biografía y que siempre fueron analizados bajo la influencia de críticas pasionales.

Alexis Carrel nació el 28 de junio de 1873 en Sainte-Foy-lès-Lyon, Francia. Hasta obtener los grados de bachiller en ciencias y en letras, estudió en la Escuela Jesuita de San José en Lyon. Fueron estas enseñanzas las que seguramente influirían en la adopción de determinadas posiciones médicas en el futuro, como veremos más adelante.

No seguiremos una exposición estrictamente cronológica en este relato, ciñéndonos exclusivamente al orden de prioridad que el mejor conocimiento del personaje nos sugiere.

¿Colaboracionista?
Uno de estos acontecimientos, que modelan especialmente su biografía, sucede a su regreso a Francia desde los Estados Unidos de América en 1939. Un año más tarde los alemanes invaden Francia y promueven, bajo su estricto control de dominadores, el régimen de Vichy que encabeza el general Petain. Más tarde Carrel sería acusado no sólo de simpatizar con los alemanes a través del régimen de Vichy sino de negociar con ellos en representación del Instituto para el Estudio de los Problemas Humanos, del que era fundador y que dirigía con mucho celo en aquel momento.

Estos hechos, junto con su pensamiento -quizás no bien interpretado- expresado en el prólogo de su obra “La incógnita del hombre”, le van marcando como sujeto peligroso y antidemócrata. En dicha obra, publicada cuando todavía estaba en Nueva York, formula que “la civilización occidental está en muy grave peligro” y predice que “se encamina hacia la degeneración a causa de la esterilidad de los grupos humanos más fuertes y más inteligentes”, proponiendo como solución el establecimiento de una sociedad nueva controlada por el progreso de la ciencia del hombre.

Estos sucesos y manifestaciones sirvieron para enmarcarle socialmente como persona no grata, habiéndosele tildado de traidor, colaboracionista y afín ideológicamente a los que defendían un control científico del género humano. El lector puede establecer su propio juicio, en este sentido, tras la lectura del siguiente párrafo del Prólogo a la última edición americana de L’Homme, cet inconnu. París, 1940: “La civilización occidental no se ha encontrado jamás en tan grave peligro como hoy. Incluso si evita el peligro por la guerra, se encamina hacia la degeneración a causa de la esterilidad de los grupos humanos más fuertes y más inteligentes. La jurisdicción de la ciencia se extiende a todo aquello que es observable, lo espiritual, tanto como lo intelectual y fisiológico. El hombre, en su totalidad, puede ser aprendido por el método científico. Pero la ciencia del hombre difiere de todas las otras ciencias.

Debe ser sintética al mismo tiempo que analítica, porque el hombre es a la vez unidad y multiplicidad. Sólo ella es capaz de engendrar una tecnología aplicable a la construcción de la sociedad…”.

El alcance negativo que tuvieron estas palabras fue tal, que llegó a decirse con respecto a su muerte, cuando le sobrevino el 5 de noviembre de 1944, meses antes de finalizar la II Guerra Mundial, que había supuesto para él una gran ventura, pues le había librado del deshonor y la vergüenza de un consejo de guerra, con acusación al menos de colaboracionista.

La curación por la oración
Existe otro suceso un tanto controvertido en la biografía de Carrel que modela muy fuertemente su vida interior, que se debate desde entonces por encontrar explicación científica a los fenómenos sobrenaturales. Carrel es testigo de una curación milagrosa, como médico de una peregrinación a Lourdes, en la persona de la joven Marie Bailly, que padecía una peritonitis tuberculosa en estado muy avanzado, preagónico, y cuyo viaje él mismo había desaconsejado. Carrel firma como testigo médico del milagro en la oficina de comprobaciones médicas de Lourdes, aunque reconoce no comprender la esencia del fenómeno. Todo esto lo relata en su libro “Le voyage à Lourdes” (1949). Lo que más nos importa ahora es precisar la gran influencia que la curación de Marie produce en su espíritu, de tal forma que durante el resto de su vida trata de buscar explicación científica a estos fenómenos y de disipar las enormes vacilaciones relacionadas con la existencia de Dios y del hombre, a raíz de que enuncia -sin ningún género de dudas- que la oración puede ser un medio de curación. Desde entonces Carrel peregrina todos los años a Lourdes y allí conoce a la que sería su gran colaboradora y esposa, Ana María de la Motte de Meyrie. Al margen del contenido puramente científico-médico de su obra, que luego comentaremos, el impacto de la vivencia de Lourdes da lugar a grandes reflexiones que le turban y le afligen: “la ciencia ha avanzado muy poco en el campo de la telepatía, fenómenos místicos y de la oración, de la educación, de la intuición, del arte, de la voluntad”, dejando por escrito el fruto de sus reflexiones en una sugestiva obra: “El hombre, ese desconocido”, “La oración”, “Día tras día” y “Reflexiones sobre la conducta humana”.

El científico
Si interesante, aunque polémica, resultó esta faceta de su vida, que se enmarca bajo la influencia de la tortura espiritual, no lo es menos la científica que revoluciona el mundo de la Cirugía, y que le hace ganar el Premio Nobel. El éxito de su carrera lo determina, siendo estudiante, el atentado que en Lyon, en 1894, sufre el presidente Sadi Carnot, al que asiste impotente junto con el equipo médico que le atendió, ya que la herida que afectó a un vaso importante fue mortal de necesidad y los cirujanos fueron incapaces de suturar rápidamente la vena porta, que había sido lesionada. Aquello alarma su inquieta mente científica de tal forma que le lleva a tomar seriamente la determinación de estudiar la técnica útil para suturar quirúrgicamente los vasos sanguíneos borde a borde. Localiza las agujas más finas, que le proporciona la famosa bordadora Madame de Levoudier, y empieza a practicar en todos los materiales posibles, incluso papeles de periódicos, para pasar a animales de experimentación. Logra depurar su técnica de tal forma que sutura, evitando la constricción y la infección, merced a su método que consistía en dar tres puntos equidistantes en el extremo de cada vaso, después de haberles dado la vuelta como a un calcetín, con objeto de que solo la cara interna de ellos estuviera en contacto. Logra hacer el “más difícil todavía” suturando venas cada vez más pequeñas, con una técnica colmada de exquisita habilidad y sedas de Alsacia.

En 1906 se incorpora al Instituto Médico Rockefeller de Nueva York donde realiza multitud de trasplantes de vasos sanguíneos y órganos enteros, verdaderas acrobacias experimentales anatómicas para la época, como, por ejemplo, extirpar órganos con sus vasos correspondientes y trasplantarlos en otro lugar del cuerpo del animal.

La importancia de su técnica permite pronto realizar intervenciones quirúrgicas en el hombre, tendentes a curar las cardiopatías congénitas, como la realizada en 1944 por A. Blalock y H. G. Taussig.

En 1912 se le concede el Premio Nobel de Medicina “en reconocimiento a sus trabajos sobre sutura vascular y trasplantes de vasos sanguíneos y órganos”.

No termina aquí sus aportaciones a la Medicina. Durante la I Guerra Mundial inventó una solución antiséptica para la desinfección de heridas, la de Dakin-Carrel (mezcla de hipoclorito sódico, borato sódico, ácido bórico y agua), que salvó muchas vidas y que tuvo un gran implante en la práctica quirúrgica durante muchos años. En una historia en su vida que comienza cuando en la Gran Guerra sirvió como Mayor en la Armada Francesa, habiendo sido movilizado en 1914 y destinado a oficinas para realizar tareas burocráticas. Una vez que logró el traslado al Hôtel-Dieu de Lyon, se enfrascó en el estudio de la infección de las heridas de guerra. Centró su actividad en la búsqueda de un antiséptico eficaz. Con el apoyo del Instituto Rockerfeller y otras instituciones, comenzó el trabajo junto con el químico Henry Dakin (1880-1952).

Fruto de estas investigaciones en colaboración fue la famosa solución antiséptica (Dakin-Carrel) tan utilizada a partir de entonces en todas las heridas. Además de ello, Carrel confió en los principios de la bacteriología que comenzaba su caminar, para supervisar minuciosamente el progreso de la infección y determinar el tiempo de cierre secundario de las heridas. Es el “método Carrel” que se hizo famoso entre los cirujanos de guerra. Consistía en hacer un frotis de uno de los bordes de la herida, teñirlos y contar el número de bacterias. Esto, junto con la extirpación de todo material extraño y tejido necrosado, y la limpieza meticulosa y lavado con solución de Dakin-Carrel, produjo, en una época donde los antibióticos no había aparecido aún, una gran disminución en la tasa de mortalidad de los heridos y en la disminución de las complicaciones de las heridas de guerra.

Y en 1930 su espíritu inquieto le lleva a construir, junto con el piloto Charles A. Lindberh, el primer aviador que cruzó el Atlántico, una bomba de corriente sanguínea o “corazón artificial, o sistema de respiración estéril” con objeto de poder conservar los órganos de los animales de experimentación.

Finalmente en 1939 Carrel abandona los Estados Unidos de América y regresa -como todos de alguna forma lo intentan- a sus raíces.

Es en París, en 1944, donde le sorprende la muerte, dejando tras de si una obra en lo que lo anecdótico se hace profundo y trascendente, aunque tras su muerte su nombre se olvidó durante 45 años, hasta que fue rescatado por el Frente Nacional. Los franceses pensaron que sus ideas pesaban más que sus méritos científicos que le llevaron a obtener el Premio Nobel. Su nombre fue retirado de las calles de más de veinte ciudades de Francia, excepto Paris.
Esta es la historia de un científico cuya vida polifacética trascurrió en conductas extrañas y contradictorias.

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